Botellón
Me recorrió una leve sensación de alivio. Por fin alguien tomaba partido en aquellas reuniones con sabor a alcohol y olor a pis que estiraban desde el jueves los fines de semana en aquella plaza del centro. Encuentros callejeros de botellón, con el escueto aliciente de una bebida compartida en pequeños grupos hasta la pérdida del control. Vomitonas, besos aparatosos y risas histéricas.
Pero esa primera impresión dejó paso enseguida al vértigo, a la zozobra, a la pena: la intervención de aquella pareja de policías abría en círculos los grupos de bebedores, que escapaban en todas direcciones, como bichos atemorizados, incapaces de soltar los grandes vasos de plástico que sostenían en las manos.
Cada grupo era distinto, con escasa sintonía en las formas o el vestir, marcados apenas por el sello común de su edad –la quincena- y la bebida. Jóvenes que encontraban en aquel rincón cutre el sentido del tiempo libre. Y que entonces, interrumpidos, buscaban, escondidos en refugios de cualquier tipo, el desenlace de la actuación policial.
Busqué en esas caras de reacciones inesperadas –de la risa al llanto, del silencio a la altanería- el rostro de sus padres. A los que, como a mí, se les partiría el alma al contemplar semejante puesta en escena. Y me pregunto qué se preguntan cuando quieren saber qué hacen esas criaturas –muchas, borrachas de punta en blanco- al salir de casa y cómo vuelven. Se me encoge el estómago y se me apodera el vértigo. Más aún, al conocer cómo se multiplican los comas etílicos de jóvenes en los hospitales...
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