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Miguel Vitoria

La última llamada

Conmueve, como es natural, la muerte terrible de esa chica de 25 años provocada por las fuertes lluvias en Torre Pacheco, en Murcia. Impresiona imaginar su avance entre la tormenta; el paso de la inquietud al temor ante la intensidad de la lluvia y la pérdida del control del coche, arrastrado por la fuerza de las aguas. Y en esa situación dramática, en la antesala de la muerte, la petición de ayuda desesperada a su familia: “Venid a buscarme, que me ahogo”.

Una última llamada que aspira –y que suspira y que reclama- ser la cuerda que le sujete al futuro –el hoy, el ahora-; pero que se hace dolorosa despedida: una conversación a la que la técnica le roba hasta la compasión, rota de forma tan brutal como la propia vida. Un corte sin ni siquiera un adiós.

Y se encoge el corazón al contemplar la imagen de una familia primero desconcertada y aturdida, y luego deshecha por la impotencia y la angustia de un no saber, que el paso del tiempo va convirtiendo en zozobra. Hasta que se hacen realidad esas sensaciones aún más negras que la tormenta.

Se intenta entender qué pudo pasar y cómo el agua transformó en infierno ese paisaje que la joven había convertido en rutina, en vía de sus viajes diarios.

Se repasa entonces esa llamada última, grabada en el alma. Que movió a la reacción: la salida precipitada hacia ninguna parte, el empeño inútil por volver a comunicar, la solicitud de una ayuda imposible, los nervios y una inquietud que iban acelerando esas sensaciones que anuncian la tragedia.

“Venid a buscarme, que me ahogo”. Despedida injusta y dolorosa, que envuelve de zozobra e impotencia. Y que obliga a volver la cabeza hacia esa familia agitada por la tormenta.

Una historia entre tantos sucesos. Entre tantos…

 

 

Mariposas en el estómago

Les veo marcharse ya de espaldas, andando juntos, con reparos, con timidez. Como si no conocieran ese mismo terreno que abandonaron hace casi tres meses, envueltos entonces en una algarabía que hoy es apenas rumor. Visten esa cara de sueño que pone de relieve su duermevela –el nuestro- de la noche previa y desembarcan cargados con esas mochilas tan nuevas como su ilusión. No he querido abandonar el placer –que no es pequeño- de acompañarlos al colegio. Gozo que sé que me lo robará el tiempo, como lo ha hecho con el mayor...

Hace días que en casa apenas hay huecos para otro tema que no sea la vuelta al cole: los preparativos de mochilas y libros y ropa y chándals y zapatillas... Lo que ha logrado desplazar del primer lugar de la atención a los cromos de la Liga; y al canal de dibujos de la tele; e incluso, al imprescindible disco de los Jonas Brothers. De momento.

“Se me sube el estómago, papá”. Y recupero entonces esa sensación clásica de mis comienzos de curso: de bata y cartera; de pantalón corto y zapatos limpios antes de maltratar al balón; de abrazos y cruces de miradas; de examen al profesor y de silencio en la fila en cuanto sonaba la sirena que anunciaba el estreno del año.

Y esos días previos de ajetreo y protocolo clásico: de compra de libros y de kilómetros de plástico que mi madre manejaba con asombrosas agilidad, mezclando el forro con el celo y las tijeras. Y las etiquetas en las que dejaba el sello de su letra impecable. De la que yo me sentía orgulloso.

En la antesala de mi primer día, el beso a mi madre y una sensación: “Mamá, no sé qué me pasa en la tripa...”.

Como millones de hijos. Es lo que tiene la vuelta al colegio: el atasco y las mariposas en el estómago.

 

Abuelas

 

Abuelas. Hadas de sonrisa eterna. Refugio del capricho de niñez, siempre dulce, y escudo ante las riñas maternales. Abuelas de sabios remedios, de historias familiares con ribetes novelados. Bastones de abuelos admirables. Yayas casadas con el primer recuerdo de infancia, que tiene el sabor del olor de la violeta, esencia guardada en un bote -en un cofre- con forma de caramelo.

Besos cómplices en esos domingos que doblan su fiesta con la visita de los ‘abus’ y saben a tardes de piruleta y regaliz y hacen soñar bajo el embrujo de aquella moneda de valor corto e ilusión larga.

Abuelas. Robles que el tiempo va ajando, desgastando. Pilares que sin pedir piden andamios sobre los que sostener su orgullo. Y que cada vez más se sostienen sobre el cariño que ellas dieron primero.

Madres de madres y padres contentas de cumplir su papel de malcriar a los hijos de sus hijos. Escultoras del antojo, diseñadoras de la disculpa.

Tuve la suerte de disfrutarlas. Y desde mi lejanía, las vi apagarse, como velas consumidas por el tiempo; y me sentí orgulloso de ver cómo su cariño, entregado a lo largo de años, rebotaba en ellas, gracias al espejo creado por mi familia.

Desgastadas, mayores, las dos se han ido en unos meses. A cantarle nanas al Niño Jesús

¿Un vino....?

No le dio tiempo ni a reconocerla. Su corazón se le revolvió al divisar aquella figura que le miraba de frente en la mesa de la esquina. Se detuvo para contemplarla: para volver a hacer sangrar su alma, para reabrirse las heridas recién cicatrizadas. Y el espíritu se le fue troceando conforme paladeaba su belleza: el pelo suelto, esos ojos azules, grandes, preciosos, y la media sonrisa que ella sabía que le cautivaba. El contraluz del rincón acentuaba, si fuera posible, su esplendor. Aún mayor que el de la imagen que cada día intentaba arrancarse del corazón: la de esa despedida con un beso al aire y una carcajada.

Se acercó. Despacio. En silencio. Sin percatarse de lo que ocurría alrededor. Cautivado. Ella acentuó la sonrisa, mientras empujaba la silla con el pie:

-¿Un vino...? 

De vuelta

Vamos a intentar de nuevo una continuidad. Por si alguien cae en esta página...

Agujero de tristeza

 

Me impresionó, al saludarle, casi catorce años atrás, su desconcierto y el dolor en su mirada. Hondo, profundo. Me recibió con cariño y, me pareció, con cierta sensación de alivio. Como quien ha hallado una tabla a la que agarrarse, por más que no fuera posible atisbar más que un océano de dudas a su alrededor. Y me dio su mano para guiarme sin pudor, junto a su mujer, por la intimidad de la vida de Juan Jesús, su hijo pequeño, desaparecido días atrás, en Nochevieja, en Sabiñán, al lado de Calatayud.

Hablamos de sus ilusiones, de sus retos, de sus estudios. Sus ojos cobraban luz, brillo, conforme nos adentrábamos por los vericuetos de la vida de Juan Jesús; un alumno brillante, un hijo ejemplar. Pero su mirada volvía a perderse al tomar tierra, al retornar de ese viaje a la realidad de un joven desaparecido. Me enseñaron su cuarto, como lo dejó antes de partir a ese extraño -maldito- viaje a la nada; desde ese 1 de enero del 92, sigue igual.

La confusión y las noticias extrañas fueron la antesala del vacío, del silencio. Nadie dio una pista fiable sobre el paradero de aquel joven formal, brillante, educado. Y por ese agujero de tristeza fue deslizándose su padre hasta perder la ilusión. El otro día abracé a su hijo mayor en el funeral de aquel padre desgastado por la tristeza. Ahora, ya en paz, Juan Antonio Duro habrá reunido las piezas del puzzle sin resolver que le arrancó poco a poco la vida. Un dolor que el tiempo no cura y aún traspasa el alma de su madre, de sus hermanos, a los que cuesta hablar de Juan Jesús en pasado.

Todavía

Te presto atención y bebo de tus conocimientos, de tu experiencia y, sobre todo, de tu sentido común. La conversación es bálsamo para mi alma inquieta; me abres horizontes, me cierras inquietudes, suavizas las puntas de perfiles comprometidos, y encuentro sintonía en tu onda.

Como a ti, me ilusionan los proyectos y me preocupan las cosas bien hechas. Te cuento –porque también escuchas- que me apasiona el cariño de quien se implica en una iniciativa; que me encanta participar en retos y disfruto del desgaste de las cosas bien hechas. Que merecen la pena.

Y, al mismo tiempo, explico que me siento decepcionado ante la desatención, la falta de aprecio, el desinterés, la voluntad de no implicarse por cumplir de la mejor forma posible con la exigencia personal, que habría de ser obligación.

Te ametrallo con una lista de agravios. Los he asumido de tal forma que parecen propios. Tal vez porque me da la impresión de que si no, quedarían huérfanos.  

“Es desamor”, sugieres. Y en esa aparente sencillez se abre el abanico de actuaciones que me inquietan, que me molestan, a las que me enfrento con una impotencia dolorosa. Desamor: que es desprecio, indiferencia, más que apatía, más que desafecto.

Entonces entiendo que me entiendes. Que sabes de lo que hablo, qué es lo que siento. El diálogo es estímulo, es ánimo. Sé que merece la pena seguir empeñado en tirar del carro; porque a la vera –a mi vera-, a pesar de todo, hay otras caras también empeñadas en seguir adelante, en empujar, en implicarse en este proyecto o en el otro. Porque todavía es posible encontrar amor pegado a ese desamor. Todavía.        

Entre tú y yo

Entre tú y yo (que, al fin y al cabo, eres el único que me lee)

 

Papá era un alma tan buena como furtiva. Era una bombilla en la entrada, en la antesala del despertar, el anuncio del inicio del día media hora antes del toque de diana. Era un beso dulce, siempre dulce; y cansado. Era la alegría de un partido exprés en el pasillo –el único momento en que mamá se hacía la loca y se olvidaba de oír el balón en casa-. Era la atención de la calle, el saludo perpetuo, una parada en cada esquina para atender con una sonrisa a otra sonrisa. Y en buena parte de los casos, para reconocer que no tenía ni idea a quién había entregado su paciencia. Lo que entonces era motivo de regocijo y hoy, de admiración.

Papá era la vida en vuelo: de casa a la clínica; de la clínica a casa; del café atragantado a la consulta; de la consulta a la reunión; y de la reunión, al beso apresurado de buenas noches. Cuando llegaba... Y, aún así, era capaz de entregar el tiempo a la cita casi religiosa de los chicos –de todos-: la mañana de fútbol sabatino. De campo en campo, de hijo en hijo.

Guardo el ejemplo de su empeño profesional, de su dedicación: de aquellas mañanas en las escaleras de la clínica, en espera de que papá ‘pasara visita’ a sus enfermos; y el orgullo de ese día en que fue capaz de devolver a la vida a aquel cadáver de niño cuya madre buscaba desesperada un hospital.

Papá, aita, tiene forma de fortaleza camino de Muskilda; de pasión en el campo de Mendizorroza, en esas tardes de emociones fuertes y menos fuertes, y de admirable desempeño médico; de severidad ante las notas de ‘actitud’; olor a periódico y alma de periodista, su otra gran pasión; y de mirada de cariño, siempre de cariño.

Aita es el equilibrio, la paciencia, el sentido común. Es el empeño y la entrega y la abnegación. Es admiración y orgullo. Orgullo de hijo. Es la voz de la alegría al otro lado del teléfono; el paraguas y el paracaídas que amortigua los problemas; el cinturón de seguridad. La convicción de que siempre hay alguien pensando en ti –en mí-. Que me conoce, que me entiende. Y que, como bien me quiere, me hará llorar.   

Hablando de Samuel

Samuel era un baluarte en defensa. Sobrio y disciplinado. Uno de esos a los que el capitán –recién echados los pasos- elige al principio, entre los primeros, para garantizarse la solidez atrás y para no tenerlo como rival. Había adquirido consistencia con el paso de los años. Recuerdo aquel gol de recreo que di por hecho cuando apenas había de superarle como último defensa y enfilaría ya la puerta inmensa, imposible de guardar para cualquier guardameta de la talla de diez años. Me arruinó la jugada.

Vivía en un pueblo de las afueras y había de esperar a que vinieran a buscarle; cada mañana y cada tarde, porque no se quedaba a comer. Aún así, no recuerdo que se retrasara; más bien, solía estar a primera hora en el patio, listo para jugar a fútbol antes de empezar las clases.

Era una visita clásica en la ronda de la almuerzos. Traía bocadillo de mortadela y, de vez en cuando –seguramente, cuando no le quedaba otra cosa-, de mantequilla con azúcar. Los menos aplicados en la tarea del bocadillo solíamos acercarnos para garantizarnos, al menos, un mordisco.

No era buen estudiante, pero sabía saltar los cursos sin dificultad; se manejaba con soltura en el filo de la navaja académica. 

Un fin de semana aún de agosto, citados por primera vez para entrenar con el equipo de fútbol, un profesor nos lo espetó sin pudor: “¿Sabéis que se ha muerto Samuel?” . Y, a continuación –aturdidos, con el k.o. metido en el alma-, los detalles de un accidente tan absurdo que resultaba imposible siquiera imaginarlo. Pasábamos de 5º a 6º de la entonces Enseñanza General Básica (EGB).

Desde hace algún tiempo, viene con regularidad a mi cabeza. Tal vez porque las promociones empiezan a celebrar fechas redondas y uno empieza a darle perspectiva a su pasado. Recuerdo mil detalles y percibo, sobre todo, el sello que han dejado en mi alma sus diez años de vida, pasada ya una treintena de su huida al Cielo.

Ladrones de estelas

(La ausencia de comentarios deja una herida en el alma. La indiferencia es una puñalda que resquebraja el ánimo. Aunque me dicen que hay quien ha querido transmitirme sus ideas y no lo ha podido hacer a través del blog. La esperanza de que alguien me lee puede también quedar reflejada en mgpvitoria@yahoo.es).

Comprendo el alivio de quien, acogotado por el asalto de esta última ola de frío -no recuerdo que al frío lo adornaran antes con tantas alharacas-, encuentra en la huella del quitanieves, pegado al humo de su tubo de escape, el camino a casa, tras un agitado viaje. Admiro la vistosidad de esas pugnas de vértigo en donde el rebufo de una moto permite el descanso del rival antes de un nuevo asalto en la lucha deportiva. Valoro el trabajo de la engrasada maquinaria de esos equipos ciclistas que trabajan para que un velocista tome la estela de su gregarios y rubrique el trabajo común sobre la línea de meta. O, al margen de imágenes deportivas, me inclino ante el trabajo de un maestro capaz de abrir una senda por la que transitan después, apoyados en su ejemplo, también a su rebufo, aventajados discípulos, capaces de agrandar la obra que inició su mentor.

Tal vez con la misma sencillez con la que soy capaz de admirarme detesto a quien se aprovecha del trabajo ajeno: desde el deportista incapaz de ofrecer un relevo o dar un buen pase, a esos profesionales con escaso bagaje, nulo talento y pocas ideas encumbrados a costa del esfuerzo ajeno. A los que veo disfrazados de coche o furgoneta, a rebufo de esas sirenas de ambulancia, mientras el resto de los vehículos abre un pasillo para allanar el paso del grito de la necesidad.

Ventajistas ladrones de estelas.

De viaje

Acurruco a esa retahíla de herederos en el asiento trasero del coche y me acomodo al volante, pegado a la sonrisa de mi compañera. Hay nervios antes del arranque, dibujados a medias por la excitación y el cansancio, que la madre amortigua con maestría. Logra bajar una tensión que ha ido creciendo conforme se acercaba el momento de la partida. Porque el sonido del motor no supone, ni mucho menos, el comienzo de la aventura. Se trata, en realidad del escalón final de unos preparativos casi eternos. Pero como en todo, lo bueno y lo malo, la hora llega; y la recompensa se encuentra ya a tiro de un pequeño río de asfalto.

Hay que envolverse de paciencia para salir de la ciudad. Pero ya en camino, el monótono ronroneo del coche ejerce un efecto narcótico sobre los pequeños, que apenas aguantan unos minutos y se vienen abajo en cuanto el agotamiento vence a la efervescencia infantil.

Desgastamos los kilómetros sin prisa por un trazado recorrido ya decenas de veces. Hasta que el tedio se rompe en ese cambio de rasante, en el asalto de un coche rojo. Es asombroso, contundente, brutal. Viene dispuesto a empotrarse a nosotros. Lo tengo encima y mantengo el resguardo de la mirada del conductor, un chico joven; de su acompañante, tal vez, su novia; de alguien atrás... Tan normales y, sin embargo, aspirantes a perturbar -¿a destrozar?- mi vida. Giro el volante para encontrar cobijo en el arcén. Pasamos. No sé cómo, pero pasamos.

El silencio es el escaparate de la impresión. Le acuso en el retrato de mi memoria; rehago la escena y la lleno preguntas; y kilómetros después me atrevo a susurrar sin aparente emoción un apelativo con vocación de desahogo. "Papá, ¿has dicho una palabrota?" "No, corazón, no me has oído bien". Ya empiezan a despertarse. 

Bolsas y penas

Inmerso en la vorágine de su rutina, no se apercibió entonces de que a ese crepúsculo enlutado -belleza en declive- le podían a medias el peso de su compra y la pena de su alma. Se percató, sin embargo, de que aquella mujer no podría ir mucho más lejos con semejantes bolsas y tuvo el reflejo de prestarle su ayuda.

"Si puedo...", se ruborizó, como avergonzada de sentirse vencida por semejante cargamento. Que encorvó también al voluntarioso voluntario. "Es que no venía mi autobús y éste me deja más lejos. No sé si he calculado mal...". Desgastaban el camino entre cortos intercambios de indicaciones: azorada ella por su ’osadía’; él, refugiado incluso entonces en la fachada de su intimista -siempre cómoda- timidez. 

"Me vienen invitados a comer: tengo que preparar todo...". Había serenidad en sus modales, en su tono. Aunque para entonces, él empezaba a discernir la neblina del quebranto en esa mirada mayor. "Muchos". "Es que tenemos funeral".

Al más joven le pudo un respeto que derrotó la curiosidad. Y así, ya en la puerta de esa casa sin ascensor, se atrevió a preguntar: "¿Y quién se ha muerto?". Y el alma serena se descompuso, incapaz de sujetar las lágrimas al pronunciar dos palabras: "Mi marido".

Era, como la noche de Joaquín Sabina, un mañana cualquiera -"puede ser que fuera martes; qué más da, pudiera ser que fuera 13"-, que abofetea el ánimo, zarandea la rutina; y ayuda a restablecer el orden de lo que merece la pena.

En el abrazo final, apenas recuperado el aliento, él le ofrece su consuelo humano y el respaldo de su oración; además del ejemplo, ella le entrega una sonrisa. Para él supone la impagable satisfacción de sentirse capaz de aliviar una pizca el brutal peso... de esa durísima pena.

Gesto de humanidad

Espantan las cifras, pero conmueven los rostros, los nombres, los cuerpos inmóviles tapados sobre el asfalto. Vidas repletas de un futuro que de pronto, sin sentido, se borra para hacerse sólo pasado. Años de proyectos cercenados de pronto por un accidente en la carretera. Un centenar, medio centenar… Cada vacación, cada puente. Cifras a las que cuesta otorgar dimensión y que adquieren relieve al contemplar –al tratar- a familias deshechas por la tragedia.

Me impacta esa cita brutal, imprevista, con la muerte; ese encuentro de bruces con lo inesperado, el saludo que todos nos empeñamos en apartar del camino, como si por hacerlo ajeno estuviéramos exentos de su injusto zarpazo -¿no lo estaban cada uno de los que lo han sufrido?-. Me impresiona también la pulcra exactitud de las advertencias: tragedias previstas, horrores anunciados. 

Veo sin detenerme esas imágenes que ponen carne en el drama y sirven para clavar otro puñal en el alma rota de los familiares. Y, sin embargo, la imagen logra hacerme parar en esa mano que acaricia el pelo de un herido, echado sobre el andén. Mano amiga, alma compañera.

Me sobrecoge el trato con esa muerte furtiva, que asalta por sorpresa, y arrastra hacia el precipicio de lo desconocido, de la soledad radical. Por eso, me serena el gesto de consuelo de esa caricia, que humaniza la brutalidad, un signo de serenidad en el radical desconcierto de la tragedia.

En aquel diseño de horror –unos segundos de televisión-, encuentro la señal que ofrece un bálsamo a la barbaridad del sinsentido. El leve gesto –que es una manifestación de grandeza- ofrece una pizca de sensibilidad que, si no alivia, al menos garantiza una pincelada de humanidad en el absurdo cuadro del caos de hierros y sangre.

El sprint

Hasta ese momento, no había percibido su presencia. Mi cabeza, como una lavadora, avanzaba ya hacia el programa de centrifugado, en el que se mezclaban desde el inicio del curso hasta cuestiones domésticas y profesionales. Atascado entre semáforos, me llamó la atención la contundencia del paso de un autobús. Y fue entonces, perdido en mis pensamientos, cuando la vi.

No era ni joven ni mayor. Vestía ropa ajustada, que contenía con dificultad los primeros excesos del descuido producido después del verano. Porque sus cuidados no podían evitar una cierta tendencia a engordar. El bolso, las bolsas y un poquito de tacón.

Me di cuenta de que ya venía acelerada. Pero el paso del autobús urbano provocó en ella una reacción inmediata: echó a un lado el bolso, abrió un poco los brazos para no sentir el estorbo de la compra, estiró la cabeza hacia delante y echó a correr. Con decisión, con confianza, con seguridad.

Me asaltó la imagen clásica de la puja de un sprint: la puesta en escena de una lucha entre velocistas, forjadores del triunfo en el último instante; una de las más bellas facetas del ciclismo.

La mujer disputaba otra carrera, pero no menos apasionante. El autobús aguantaba, con los intermitentes encendidos, el flujo de viajeros que subían y bajaban. Unos metros detrás, cada vez menos, la velocista, con el rostro desencajado, realizaba el último esfuerzo por ganarse un hueco en el autocar. El movimiento del vehículo me provocó un grito ahogado de displicencia... hasta que vi que el empeño tenía éxito y se abría, grande, la puerta del autobús.

Al pasar a su lado, no pude por menos que echar un vistazo: la cara de la mujer, aún alterada por el esfuerzo, no tenía nada que envidiar a la del ciclista en el podio. Valía por un triunfo de etapa.

Flores con alma

Me impresionan los mojones de flores cosidas a farolas y columnas que salpican muchas de nuestras avenidas -demasiadas-. Reflejos de accidentes, de atropellos, de sucesos trágicos que acaban en un instante con una vida y rompen el corazón de cientos. Son ramos que gritan recuerdos; ramos con nombre; ramos a las que se agarra el alma en busca de una pizca de consuelo.

Me detengo a pensar qué se esconde detrás de ese adorno de apariencia anónima, que aguanta firme -con más o menos elegante envejecimiento-, azotado por la climatología, expuesto a la lluvia, al viento, al sol.

Y encuentro en cada flor la historia de una vida completa, con logros y aspiraciones, con ilusiones, con orgullos, con alegrías y tristezas. Historias de padres e hijos, de maridos y esposas, de compañeros, de amigos... Vidas segadas de forma brutal e inesperada que dejan una estela de dolor, un sello de pena profunda que difícilmente el tiempo puede llegar a borrar.

Le pongo así alma a cada ramo, para sacarlo de su falso anonimato. Y se convierten en llamadas, en gritos que me piden atención, y prudencia, y tranquilidad. Que ayudan a recordar que detrás de cada número -de esos que manejan los políticos- viven y mueren personas, con ilusiones, ambiciones, retos y orgullos destrozados en un instante. Números con vidas truncadas.

Y junto a esas flores, conviven otros cientos de historias también con nombres y apellidos guardados en la cabeza y el corazón de sus seres queridos. A los que también me empeño en sacar de una cifra, de un escenario, del anonimato. Entre otras cosas, tienen la garantía de mi respaldo y, junto al de sus seres queridos, un trocito de mi recuerdo.

      

 

 

 

 

 

Miradas

“La gente mira aquí de otra manera”. Me sorprendió su rotundidad y me costó entenderlo entonces: más tarde, cuando me detuve a mirar las miradas entendí que aquel vasco supiera apreciar otra forma de mirar. Que es otra forma de entender y de ver -y de comprender y de respetar y de querer-.
Hace unos días las noticias me acercaron a otro encuentro del “abertzalismo” radical. Allí estaban de nuevo los mismos, alineados en esa pose clásica de desafío, encarados con el mundo, por más que su vista sea incapaz de asomarse al mundo por encima de su tejado. Oí sin escuchar su mensaje clásico, el del victimismo opresivo del verdugo. El tradicional, el de siempre. Me entretuve en cambio, empujado por el barrido de las cámaras, en observar las miradas.
Eran miradas hoscas, pintadas de desafío, de provocación. Miradas de desprecio, de odio apenas contenido, de encarado descaro. Reflejos de almas oscuras, azoradas, sembradoras de inquietud.
Desprendía la reunión un halo de zozobra, de desasosiego buscado; un ambiente perturbador. Del que se ha envuelto, del que se ha contagiado, buena parte de esa sociedad.
Me pregunté al verlo qué paz, desgastada paz, serían capaces de ofrecer -y de expandir, y de entregar- esos en los que lo mejor de su mirada es encontrar vacío. Y me pregunté, además, por la responsabilidad de quienes han empujado a una sociedad a mirar -y a mirarse- de forma semejante.
He aprendido a ver, aquí, en esta tierra alejada de aquella, la pena y la congoja, y la alegría y la pasión y el malestar y el odio. Me he reído de la altivez y he aprendido a distinguir el orgullo, retratado en el mirar. He visto dolor en la mirada y la emoción en el brillo de unos ojos. Veo vida: “La gente mira aquí de otra manera”. Es verdad. Con la mirada del respeto sobre el que se sostiene la libertad.

Valores

No entiendo que a esta sociedad del talante y la tolerancia de lo rocambolesco le cueste tanto respetar otros valores; costumbres de sólidos anclajes, con derecho a convivir con visiones sujetas a la volatilidad de la moda y lo pintoresco. Sostenida cada forma de entender la vida por la libertad de las personas.

Vomita la televisión, con una consolidada anormalidad, giros y expresiones -insultos a las convicciones de millones de personas- que de forma injusta e injustificada provocan dolor en quienes, con todo el derecho, construyen su vida sobre los valores cristianos. Desde el "arte" hasta la publicidad se adentran por caminos en los que superan el límite de la libertad para pisotear los derechos de otros millones de personas.

"No hemos pretendido herir a nadie", mienten en rituales gemelos, que se completan con el indiferente: "Si alguien se ha sentido molesto, no era nuestra intención". Siempre igual, con un mimetismo llamativo.

Pero es ésa apenas la punta de un iceberg: llegamos a acostumbrarnos al desprecio de las opiniones de los obispos y se consolida también en muchos ámbitos la ridiculización del Papa, figura excluida del concepto de tolerancia y, mucho menos, de respeto. Sus puntos de vista, imprescindibles en un debate honrado sobre las cuestiones fundamentales, son muchas veces obviados, cuando no satirizados, lo que aparta del análisis un punto de vista principal.

No entiendo que esta sociedad no entienda que hay quien defiende una educación basada en otros valores distintos a la indiferencia moral y al relativismo, que no está de acuerdo en someterse a un nuevo decálogo -nuevos mandamientos, al fin y al cabo- impuesto desde el Estado. Sin duda, quien acepte la intervención del Gobierno -cambiante- en el establecimiento de los valores educativos no objetivos tendría que tener el mismo respeto que quien piense que la educación moral es un derecho de los padres, constitucionalmente reconocido.

La derrota del creador

La capacidad de crear -esa que asemeja al hombre a Dios- garantiza, de partida, la plenitud de la contemplación; el orgullo personal de ver acabada la obra: sea una pintura, una escultura o un simple artículo. No es fácil plasmar la felicidad que envuelve al ’creador’ al ver hecho realidad su empeño.

Pero, además al autor se le altera la vanidad cuando esa tarea es expuesta al juicio público, para lo que, en realidad, se ha esforzado en crear. Porque si bien alguien puede, por ejemplo, pintar o escribir para sí mismo, no es menos cierto que su obra adquiere otro relieve cuando se somete al valor crítico de los demás.

El empeño de dar forma a la idea busca así a quien pueda descifrar el artículo. Lo que, sin duda, sacia -en mi caso, con creces- mi voluntad creativa.

En este contexto, no me cuesta entender la vocación efímera de un artículo vinculado a un diario, nacido para sobrevivir apenas unas horas y que debe abrirse paso en la selva del trajín de una jornada marcada por la intensidad de la vida de hoy. Y apenas me molesta ver esas reflexiones reconvertidas apenas unos días después en alfombra en el camino hacia los andamios o como refugio de la pulcritud del pintor.

Me cuesta mucho más -es pánico, en realidad; pesadilla más que un mal sueño- hallar mis escritos en esas ofertas de grandes almacenes; ventas de libros reunidos en tríos para rebajas que uno no se atreve ni a regalar.

"Llévese tres y pague dos": la derrota del creador.

 

Licencia de padre

“Acudo adormilado a esa cita sabática -cada vez más temprana- a la que me conduce el empeño de mi hijo por prosperar en el fútbol, un reto que pone de manifiesto lo alargada que puede llegar a ser la capacidad de desear. Mi implicación me convierte en privilegiado oteador de futuras figuras. A las que hoy tengo la oportunidad de contemplar desde primera fila, en más o menos confortables pabellones, o en fríos escenarios al aire libre, en donde el niño curte más su carácter que su técnica.

Nuestro compromiso -el de mi hijo es el mío- llega a tal punto que hasta asistimos a los partidos en los que ni siquiera ‘podemos’ jugar: mi ‘proyecto’ de futbolista sufre una lesión que le mantiene en el dique seco.

Y así, mientras él contribuye a calentar banquillo, yo me implico, voluntarioso, en animar al equipo con el resto de los padres -a esas horas de madrugada de sábado, la vinculación de las madres con el fútbol suele perder solidez-.

El duelo llega igualado al final. Nuestro dominio no acaba de dar resultados. Hasta que, ya casi fuera de tiempo, el fallo de un buen rival nos ofrece la oportunidad de marcar. Mi espíritu animoso se colma al ver fructificar el esfuerzo del equipo. Pero no se me escapa cómo ese contrincante esconde la cara, bañada en lágrimas, ante la brutal reprimenda de ese padre que juega a técnico.

A mi lado, tan acogotado como yo, el sentido común se viste -paradoja- de padre de futbolista: “Es que para conducir te piden el carnet; pero para ser padre nadie te exige licencia...”.

 

Corazones rotos

Recuperado de la milonga de la alianza de las civilizaciones, echo una mirada a un mundo que me sobrecoge y me sorprende, que me abofetea con imágenes e historias que me siento incapaz de entender. Me aturde encontrar siempre el sentido en el dolor, el nexo que hila las historias que conforman cada informativo, la narrativa de un mundo globalizado.

Me impresionan los ojos desorbitados de los iraquíes –suníes o chiítas- que entierran a esos muertos a los que nosotros ya nos hemos acostumbrado a nombrar por un número: decenas de muertos que conforman cientos de tragedias de las que el tiempo y las propias cifras, escalofriantes, nos empujan a alejarnos. Lágrimas de prisioneros horrorizados; guerras en mil lugares del mundo cuyo eco apenas si merece la escueta reseña de un breve lacónico, de acuerdo con el valor de las vidas que se cobran. Lloros de soldados escondidos en batallas que a casi nadie le importan y que ponen en peligro lo más valioso de lo que esa persona dispone: su propia vida.

Retumban los llantos de quienes sufren la ira rotunda –e incomprensible- de los fenómenos naturales; veo el futuro segado al volante de un coche, en donde el empeño por acercar el destino lo cambia de forma brutal.

Distingo –y comparto- el dolor de las víctimas que ven en la sonrisa de ese terrorista libre la muesca chulesca de un asesino incapaz de arrepentirse y que no se merece la generosidad de toda una sociedad. Y hasta veo lágrimas en el abrazo con sus padres de ese aprendiz de asesino que jugaba a alistarse en las filas de hediondez y se descompuso al verse delante de la Justicia.

Un mundo de corazones rotos, unidos de extremo a extremo por el dolor, por la pena, por el llanto. Y me pregunto cuándo empezará a resonar el eco del sonido del sentido común en el fondo del pozo terrible de la perversidad humana...