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Miguel Vitoria

Hablando de Samuel

Samuel era un baluarte en defensa. Sobrio y disciplinado. Uno de esos a los que el capitán –recién echados los pasos- elige al principio, entre los primeros, para garantizarse la solidez atrás y para no tenerlo como rival. Había adquirido consistencia con el paso de los años. Recuerdo aquel gol de recreo que di por hecho cuando apenas había de superarle como último defensa y enfilaría ya la puerta inmensa, imposible de guardar para cualquier guardameta de la talla de diez años. Me arruinó la jugada.

Vivía en un pueblo de las afueras y había de esperar a que vinieran a buscarle; cada mañana y cada tarde, porque no se quedaba a comer. Aún así, no recuerdo que se retrasara; más bien, solía estar a primera hora en el patio, listo para jugar a fútbol antes de empezar las clases.

Era una visita clásica en la ronda de la almuerzos. Traía bocadillo de mortadela y, de vez en cuando –seguramente, cuando no le quedaba otra cosa-, de mantequilla con azúcar. Los menos aplicados en la tarea del bocadillo solíamos acercarnos para garantizarnos, al menos, un mordisco.

No era buen estudiante, pero sabía saltar los cursos sin dificultad; se manejaba con soltura en el filo de la navaja académica. 

Un fin de semana aún de agosto, citados por primera vez para entrenar con el equipo de fútbol, un profesor nos lo espetó sin pudor: “¿Sabéis que se ha muerto Samuel?” . Y, a continuación –aturdidos, con el k.o. metido en el alma-, los detalles de un accidente tan absurdo que resultaba imposible siquiera imaginarlo. Pasábamos de 5º a 6º de la entonces Enseñanza General Básica (EGB).

Desde hace algún tiempo, viene con regularidad a mi cabeza. Tal vez porque las promociones empiezan a celebrar fechas redondas y uno empieza a darle perspectiva a su pasado. Recuerdo mil detalles y percibo, sobre todo, el sello que han dejado en mi alma sus diez años de vida, pasada ya una treintena de su huida al Cielo.

1 comentario

Paco Sánchez -

Localizado! Volveré con calma. Abrazo fuerte