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Miguel Vitoria

Entre tú y yo

Entre tú y yo (que, al fin y al cabo, eres el único que me lee)

 

Papá era un alma tan buena como furtiva. Era una bombilla en la entrada, en la antesala del despertar, el anuncio del inicio del día media hora antes del toque de diana. Era un beso dulce, siempre dulce; y cansado. Era la alegría de un partido exprés en el pasillo –el único momento en que mamá se hacía la loca y se olvidaba de oír el balón en casa-. Era la atención de la calle, el saludo perpetuo, una parada en cada esquina para atender con una sonrisa a otra sonrisa. Y en buena parte de los casos, para reconocer que no tenía ni idea a quién había entregado su paciencia. Lo que entonces era motivo de regocijo y hoy, de admiración.

Papá era la vida en vuelo: de casa a la clínica; de la clínica a casa; del café atragantado a la consulta; de la consulta a la reunión; y de la reunión, al beso apresurado de buenas noches. Cuando llegaba... Y, aún así, era capaz de entregar el tiempo a la cita casi religiosa de los chicos –de todos-: la mañana de fútbol sabatino. De campo en campo, de hijo en hijo.

Guardo el ejemplo de su empeño profesional, de su dedicación: de aquellas mañanas en las escaleras de la clínica, en espera de que papá ‘pasara visita’ a sus enfermos; y el orgullo de ese día en que fue capaz de devolver a la vida a aquel cadáver de niño cuya madre buscaba desesperada un hospital.

Papá, aita, tiene forma de fortaleza camino de Muskilda; de pasión en el campo de Mendizorroza, en esas tardes de emociones fuertes y menos fuertes, y de admirable desempeño médico; de severidad ante las notas de ‘actitud’; olor a periódico y alma de periodista, su otra gran pasión; y de mirada de cariño, siempre de cariño.

Aita es el equilibrio, la paciencia, el sentido común. Es el empeño y la entrega y la abnegación. Es admiración y orgullo. Orgullo de hijo. Es la voz de la alegría al otro lado del teléfono; el paraguas y el paracaídas que amortigua los problemas; el cinturón de seguridad. La convicción de que siempre hay alguien pensando en ti –en mí-. Que me conoce, que me entiende. Y que, como bien me quiere, me hará llorar.   

1 comentario

Mari Carmen Vitoria -

Me ha impresionado lo que dices de tu padre y creo que no sólo tienes razón, sino que te has que dado corto. Porque aita es aita, padre,sobre todo, pero también amigo compañero´confidente, bueno, y eso en las pocas horas que coincidíats en casa, ya que su jornada de trabajo era imprevisible. Ama,los accidentes no suceden de 4 a 7 de la tarde...sino cuando suceden, es lo que me contestaba cuando yo ya estaba harta de cenar a las tantas...y quería pedirle opinión de algo un poco más serio de lo normal,relativo a vosotros. Es igual al final la "mandakari" que así me llamábais´tenía que encomendarse al Santo de su devoción y decidir..."tú misma". Ahora ,jubilados, tenemos tiempo de hablar de todos y cada uno de vosotros. Y lo hacemos, porque parece mentira que pienses que has criado y tratado de educar a todos los hijos más o menos con el mismo estilo de vida y !Qué va! no sois ni parecidos, bueno,el caso más original es el de los gemelos´que no pueden ser más diferentes y sin embargo,se adoran a sus 40 años.Primeron llegaron tres niñas a cual más mona, llenas siempre de lazos, vestidas iguales, cosa que luego me he enterado que les fastidiaba un montón, y de pronto empiezan a llegar chicos incluso por partida doble.Nada menos que 4 en 4 años. La casa cambió de chip, de muñecas pasamos a los balones, patinetes,y toda clase de madelman y trajes de fútbol. Ama no dejaba jugar al fútbol en el pasillo, pero en las habitaciones se armaba tal alboroto ,en el que se incluía el padre, si estaba en casa, que el cristalero tenía las medidas y sólo había que decirle qué ventana era y venía con el cristal nuevo. Mi intención era hablar de aita, pero no puedo olvidar, que 2 años después llegó María, una niña preciosa, rubia y de ojos azules, que se encontró con 4 cafres que le hacían la vida imposible, aunque ella se defendía con uñas y dientes. Y luego llegó "La ondarra" Joseba, que fué licenciado en las mil formas de defenderse de sus hermanos y así salió adelante con sus dos carreras universitarias, pero por supuesto, luchando siempre por sobrevivir... En casa,éramos12,porque nuestra unidad familiar la completaba la Yaya,que era la delicia de la casa. Siempre sonriente,impecablemente vestida, presumida a tope y con la única pena de no haber nacido 50 años más tarde, porque era vital, moderna, enamorada de la vida y con una paciencia sin igual, para aguantar la "marcha" de esta santa casa. Y se nos fué a los 97 años , dejándonos un hueco que ahí está. Creo que ya está bien por hoy,en otra ocasión hablaré del tema de hoy, es decir, de aita ,"michico preferido". de