Entre tú y yo
Entre tú y yo (que, al fin y al cabo, eres el único que me lee)
Papá era un alma tan buena como furtiva. Era una bombilla en la entrada, en la antesala del despertar, el anuncio del inicio del día media hora antes del toque de diana. Era un beso dulce, siempre dulce; y cansado. Era la alegría de un partido exprés en el pasillo –el único momento en que mamá se hacía la loca y se olvidaba de oír el balón en casa-. Era la atención de la calle, el saludo perpetuo, una parada en cada esquina para atender con una sonrisa a otra sonrisa. Y en buena parte de los casos, para reconocer que no tenía ni idea a quién había entregado su paciencia. Lo que entonces era motivo de regocijo y hoy, de admiración.
Papá era la vida en vuelo: de casa a la clínica; de la clínica a casa; del café atragantado a la consulta; de la consulta a la reunión; y de la reunión, al beso apresurado de buenas noches. Cuando llegaba... Y, aún así, era capaz de entregar el tiempo a la cita casi religiosa de los chicos –de todos-: la mañana de fútbol sabatino. De campo en campo, de hijo en hijo.
Guardo el ejemplo de su empeño profesional, de su dedicación: de aquellas mañanas en las escaleras de la clínica, en espera de que papá ‘pasara visita’ a sus enfermos; y el orgullo de ese día en que fue capaz de devolver a la vida a aquel cadáver de niño cuya madre buscaba desesperada un hospital.
Papá, aita, tiene forma de fortaleza camino de Muskilda; de pasión en el campo de Mendizorroza, en esas tardes de emociones fuertes y menos fuertes, y de admirable desempeño médico; de severidad ante las notas de ‘actitud’; olor a periódico y alma de periodista, su otra gran pasión; y de mirada de cariño, siempre de cariño.
Aita es el equilibrio, la paciencia, el sentido común. Es el empeño y la entrega y la abnegación. Es admiración y orgullo. Orgullo de hijo. Es la voz de la alegría al otro lado del teléfono; el paraguas y el paracaídas que amortigua los problemas; el cinturón de seguridad. La convicción de que siempre hay alguien pensando en ti –en mí-. Que me conoce, que me entiende. Y que, como bien me quiere, me hará llorar.
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Mari Carmen Vitoria -