Todavía
Te presto atención y bebo de tus conocimientos, de tu experiencia y, sobre todo, de tu sentido común. La conversación es bálsamo para mi alma inquieta; me abres horizontes, me cierras inquietudes, suavizas las puntas de perfiles comprometidos, y encuentro sintonía en tu onda.
Como a ti, me ilusionan los proyectos y me preocupan las cosas bien hechas. Te cuento –porque también escuchas- que me apasiona el cariño de quien se implica en una iniciativa; que me encanta participar en retos y disfruto del desgaste de las cosas bien hechas. Que merecen la pena.
Y, al mismo tiempo, explico que me siento decepcionado ante la desatención, la falta de aprecio, el desinterés, la voluntad de no implicarse por cumplir de la mejor forma posible con la exigencia personal, que habría de ser obligación.
Te ametrallo con una lista de agravios. Los he asumido de tal forma que parecen propios. Tal vez porque me da la impresión de que si no, quedarían huérfanos.
“Es desamor”, sugieres. Y en esa aparente sencillez se abre el abanico de actuaciones que me inquietan, que me molestan, a las que me enfrento con una impotencia dolorosa. Desamor: que es desprecio, indiferencia, más que apatía, más que desafecto.
Entonces entiendo que me entiendes. Que sabes de lo que hablo, qué es lo que siento. El diálogo es estímulo, es ánimo. Sé que merece la pena seguir empeñado en tirar del carro; porque a la vera –a mi vera-, a pesar de todo, hay otras caras también empeñadas en seguir adelante, en empujar, en implicarse en este proyecto o en el otro. Porque todavía es posible encontrar amor pegado a ese desamor. Todavía.
0 comentarios