Agujero de tristeza
Me impresionó, al saludarle, casi catorce años atrás, su desconcierto y el dolor en su mirada. Hondo, profundo. Me recibió con cariño y, me pareció, con cierta sensación de alivio. Como quien ha hallado una tabla a la que agarrarse, por más que no fuera posible atisbar más que un océano de dudas a su alrededor. Y me dio su mano para guiarme sin pudor, junto a su mujer, por la intimidad de la vida de Juan Jesús, su hijo pequeño, desaparecido días atrás, en Nochevieja, en Sabiñán, al lado de Calatayud. Hablamos de sus ilusiones, de sus retos, de sus estudios. Sus ojos cobraban luz, brillo, conforme nos adentrábamos por los vericuetos de la vida de Juan Jesús; un alumno brillante, un hijo ejemplar. Pero su mirada volvía a perderse al tomar tierra, al retornar de ese viaje a la realidad de un joven desaparecido. Me enseñaron su cuarto, como lo dejó antes de partir a ese extraño -maldito- viaje a la nada; desde ese 1 de enero del 92, sigue igual. La confusión y las noticias extrañas fueron la antesala del vacío, del silencio. Nadie dio una pista fiable sobre el paradero de aquel joven formal, brillante, educado. Y por ese agujero de tristeza fue deslizándose su padre hasta perder la ilusión. El otro día abracé a su hijo mayor en el funeral de aquel padre desgastado por la tristeza. Ahora, ya en paz, Juan Antonio Duro habrá reunido las piezas del puzzle sin resolver que le arrancó poco a poco la vida. Un dolor que el tiempo no cura y aún traspasa el alma de su madre, de sus hermanos, a los que cuesta hablar de Juan Jesús en pasado.
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