¿Un vino....?
No le dio tiempo ni a reconocerla. Su corazón se le revolvió al divisar aquella figura que le miraba de frente en la mesa de la esquina. Se detuvo para contemplarla: para volver a hacer sangrar su alma, para reabrirse las heridas recién cicatrizadas. Y el espíritu se le fue troceando conforme paladeaba su belleza: el pelo suelto, esos ojos azules, grandes, preciosos, y la media sonrisa que ella sabía que le cautivaba. El contraluz del rincón acentuaba, si fuera posible, su esplendor. Aún mayor que el de la imagen que cada día intentaba arrancarse del corazón: la de esa despedida con un beso al aire y una carcajada.
Se acercó. Despacio. En silencio. Sin percatarse de lo que ocurría alrededor. Cautivado. Ella acentuó la sonrisa, mientras empujaba la silla con el pie:
-¿Un vino...?
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