Bolsas y penas
Inmerso en la vorágine de su rutina, no se apercibió entonces de que a ese crepúsculo enlutado -belleza en declive- le podían a medias el peso de su compra y la pena de su alma. Se percató, sin embargo, de que aquella mujer no podría ir mucho más lejos con semejantes bolsas y tuvo el reflejo de prestarle su ayuda.
"Si puedo...", se ruborizó, como avergonzada de sentirse vencida por semejante cargamento. Que encorvó también al voluntarioso voluntario. "Es que no venía mi autobús y éste me deja más lejos. No sé si he calculado mal...". Desgastaban el camino entre cortos intercambios de indicaciones: azorada ella por su ’osadía’; él, refugiado incluso entonces en la fachada de su intimista -siempre cómoda- timidez.
"Me vienen invitados a comer: tengo que preparar todo...". Había serenidad en sus modales, en su tono. Aunque para entonces, él empezaba a discernir la neblina del quebranto en esa mirada mayor. "Muchos". "Es que tenemos funeral".
Al más joven le pudo un respeto que derrotó la curiosidad. Y así, ya en la puerta de esa casa sin ascensor, se atrevió a preguntar: "¿Y quién se ha muerto?". Y el alma serena se descompuso, incapaz de sujetar las lágrimas al pronunciar dos palabras: "Mi marido".
Era, como la noche de Joaquín Sabina, un mañana cualquiera -"puede ser que fuera martes; qué más da, pudiera ser que fuera 13"-, que abofetea el ánimo, zarandea la rutina; y ayuda a restablecer el orden de lo que merece la pena.
En el abrazo final, apenas recuperado el aliento, él le ofrece su consuelo humano y el respaldo de su oración; además del ejemplo, ella le entrega una sonrisa. Para él supone la impagable satisfacción de sentirse capaz de aliviar una pizca el brutal peso... de esa durísima pena.
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