De viaje
Acurruco a esa retahíla de herederos en el asiento trasero del coche y me acomodo al volante, pegado a la sonrisa de mi compañera. Hay nervios antes del arranque, dibujados a medias por la excitación y el cansancio, que la madre amortigua con maestría. Logra bajar una tensión que ha ido creciendo conforme se acercaba el momento de la partida. Porque el sonido del motor no supone, ni mucho menos, el comienzo de la aventura. Se trata, en realidad del escalón final de unos preparativos casi eternos. Pero como en todo, lo bueno y lo malo, la hora llega; y la recompensa se encuentra ya a tiro de un pequeño río de asfalto.
Hay que envolverse de paciencia para salir de la ciudad. Pero ya en camino, el monótono ronroneo del coche ejerce un efecto narcótico sobre los pequeños, que apenas aguantan unos minutos y se vienen abajo en cuanto el agotamiento vence a la efervescencia infantil.
Desgastamos los kilómetros sin prisa por un trazado recorrido ya decenas de veces. Hasta que el tedio se rompe en ese cambio de rasante, en el asalto de un coche rojo. Es asombroso, contundente, brutal. Viene dispuesto a empotrarse a nosotros. Lo tengo encima y mantengo el resguardo de la mirada del conductor, un chico joven; de su acompañante, tal vez, su novia; de alguien atrás... Tan normales y, sin embargo, aspirantes a perturbar -¿a destrozar?- mi vida. Giro el volante para encontrar cobijo en el arcén. Pasamos. No sé cómo, pero pasamos.
El silencio es el escaparate de la impresión. Le acuso en el retrato de mi memoria; rehago la escena y la lleno preguntas; y kilómetros después me atrevo a susurrar sin aparente emoción un apelativo con vocación de desahogo. "Papá, ¿has dicho una palabrota?" "No, corazón, no me has oído bien". Ya empiezan a despertarse.
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