Gesto de humanidad
Espantan las cifras, pero conmueven los rostros, los nombres, los cuerpos inmóviles tapados sobre el asfalto. Vidas repletas de un futuro que de pronto, sin sentido, se borra para hacerse sólo pasado. Años de proyectos cercenados de pronto por un accidente en la carretera. Un centenar, medio centenar… Cada vacación, cada puente. Cifras a las que cuesta otorgar dimensión y que adquieren relieve al contemplar –al tratar- a familias deshechas por la tragedia.
Me impacta esa cita brutal, imprevista, con la muerte; ese encuentro de bruces con lo inesperado, el saludo que todos nos empeñamos en apartar del camino, como si por hacerlo ajeno estuviéramos exentos de su injusto zarpazo -¿no lo estaban cada uno de los que lo han sufrido?-. Me impresiona también la pulcra exactitud de las advertencias: tragedias previstas, horrores anunciados.
Veo sin detenerme esas imágenes que ponen carne en el drama y sirven para clavar otro puñal en el alma rota de los familiares. Y, sin embargo, la imagen logra hacerme parar en esa mano que acaricia el pelo de un herido, echado sobre el andén. Mano amiga, alma compañera.
Me sobrecoge el trato con esa muerte furtiva, que asalta por sorpresa, y arrastra hacia el precipicio de lo desconocido, de la soledad radical. Por eso, me serena el gesto de consuelo de esa caricia, que humaniza la brutalidad, un signo de serenidad en el radical desconcierto de la tragedia.
En aquel diseño de horror –unos segundos de televisión-, encuentro la señal que ofrece un bálsamo a la barbaridad del sinsentido. El leve gesto –que es una manifestación de grandeza- ofrece una pizca de sensibilidad que, si no alivia, al menos garantiza una pincelada de humanidad en el absurdo cuadro del caos de hierros y sangre.
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