El sprint
Hasta ese momento, no había percibido su presencia. Mi cabeza, como una lavadora, avanzaba ya hacia el programa de centrifugado, en el que se mezclaban desde el inicio del curso hasta cuestiones domésticas y profesionales. Atascado entre semáforos, me llamó la atención la contundencia del paso de un autobús. Y fue entonces, perdido en mis pensamientos, cuando la vi. No era ni joven ni mayor. Vestía ropa ajustada, que contenía con dificultad los primeros excesos del descuido producido después del verano. Porque sus cuidados no podían evitar una cierta tendencia a engordar. El bolso, las bolsas y un poquito de tacón. Me di cuenta de que ya venía acelerada. Pero el paso del autobús urbano provocó en ella una reacción inmediata: echó a un lado el bolso, abrió un poco los brazos para no sentir el estorbo de la compra, estiró la cabeza hacia delante y echó a correr. Con decisión, con confianza, con seguridad. Me asaltó la imagen clásica de la puja de un sprint: la puesta en escena de una lucha entre velocistas, forjadores del triunfo en el último instante; una de las más bellas facetas del ciclismo. La mujer disputaba otra carrera, pero no menos apasionante. El autobús aguantaba, con los intermitentes encendidos, el flujo de viajeros que subían y bajaban. Unos metros detrás, cada vez menos, la velocista, con el rostro desencajado, realizaba el último esfuerzo por ganarse un hueco en el autocar. El movimiento del vehículo me provocó un grito ahogado de displicencia... hasta que vi que el empeño tenía éxito y se abría, grande, la puerta del autobús. Al pasar a su lado, no pude por menos que echar un vistazo: la cara de la mujer, aún alterada por el esfuerzo, no tenía nada que envidiar a la del ciclista en el podio. Valía por un triunfo de etapa.
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