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Miguel Vitoria

Flores con alma

Me impresionan los mojones de flores cosidas a farolas y columnas que salpican muchas de nuestras avenidas -demasiadas-. Reflejos de accidentes, de atropellos, de sucesos trágicos que acaban en un instante con una vida y rompen el corazón de cientos. Son ramos que gritan recuerdos; ramos con nombre; ramos a las que se agarra el alma en busca de una pizca de consuelo.

Me detengo a pensar qué se esconde detrás de ese adorno de apariencia anónima, que aguanta firme -con más o menos elegante envejecimiento-, azotado por la climatología, expuesto a la lluvia, al viento, al sol.

Y encuentro en cada flor la historia de una vida completa, con logros y aspiraciones, con ilusiones, con orgullos, con alegrías y tristezas. Historias de padres e hijos, de maridos y esposas, de compañeros, de amigos... Vidas segadas de forma brutal e inesperada que dejan una estela de dolor, un sello de pena profunda que difícilmente el tiempo puede llegar a borrar.

Le pongo así alma a cada ramo, para sacarlo de su falso anonimato. Y se convierten en llamadas, en gritos que me piden atención, y prudencia, y tranquilidad. Que ayudan a recordar que detrás de cada número -de esos que manejan los políticos- viven y mueren personas, con ilusiones, ambiciones, retos y orgullos destrozados en un instante. Números con vidas truncadas.

Y junto a esas flores, conviven otros cientos de historias también con nombres y apellidos guardados en la cabeza y el corazón de sus seres queridos. A los que también me empeño en sacar de una cifra, de un escenario, del anonimato. Entre otras cosas, tienen la garantía de mi respaldo y, junto al de sus seres queridos, un trocito de mi recuerdo.

      

 

 

 

 

 

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