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Miguel Vitoria

Miradas

“La gente mira aquí de otra manera”. Me sorprendió su rotundidad y me costó entenderlo entonces: más tarde, cuando me detuve a mirar las miradas entendí que aquel vasco supiera apreciar otra forma de mirar. Que es otra forma de entender y de ver -y de comprender y de respetar y de querer-.
Hace unos días las noticias me acercaron a otro encuentro del “abertzalismo” radical. Allí estaban de nuevo los mismos, alineados en esa pose clásica de desafío, encarados con el mundo, por más que su vista sea incapaz de asomarse al mundo por encima de su tejado. Oí sin escuchar su mensaje clásico, el del victimismo opresivo del verdugo. El tradicional, el de siempre. Me entretuve en cambio, empujado por el barrido de las cámaras, en observar las miradas.
Eran miradas hoscas, pintadas de desafío, de provocación. Miradas de desprecio, de odio apenas contenido, de encarado descaro. Reflejos de almas oscuras, azoradas, sembradoras de inquietud.
Desprendía la reunión un halo de zozobra, de desasosiego buscado; un ambiente perturbador. Del que se ha envuelto, del que se ha contagiado, buena parte de esa sociedad.
Me pregunté al verlo qué paz, desgastada paz, serían capaces de ofrecer -y de expandir, y de entregar- esos en los que lo mejor de su mirada es encontrar vacío. Y me pregunté, además, por la responsabilidad de quienes han empujado a una sociedad a mirar -y a mirarse- de forma semejante.
He aprendido a ver, aquí, en esta tierra alejada de aquella, la pena y la congoja, y la alegría y la pasión y el malestar y el odio. Me he reído de la altivez y he aprendido a distinguir el orgullo, retratado en el mirar. He visto dolor en la mirada y la emoción en el brillo de unos ojos. Veo vida: “La gente mira aquí de otra manera”. Es verdad. Con la mirada del respeto sobre el que se sostiene la libertad.

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