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Miguel Vitoria

La derrota del creador

La capacidad de crear -esa que asemeja al hombre a Dios- garantiza, de partida, la plenitud de la contemplación; el orgullo personal de ver acabada la obra: sea una pintura, una escultura o un simple artículo. No es fácil plasmar la felicidad que envuelve al ’creador’ al ver hecho realidad su empeño.

Pero, además al autor se le altera la vanidad cuando esa tarea es expuesta al juicio público, para lo que, en realidad, se ha esforzado en crear. Porque si bien alguien puede, por ejemplo, pintar o escribir para sí mismo, no es menos cierto que su obra adquiere otro relieve cuando se somete al valor crítico de los demás.

El empeño de dar forma a la idea busca así a quien pueda descifrar el artículo. Lo que, sin duda, sacia -en mi caso, con creces- mi voluntad creativa.

En este contexto, no me cuesta entender la vocación efímera de un artículo vinculado a un diario, nacido para sobrevivir apenas unas horas y que debe abrirse paso en la selva del trajín de una jornada marcada por la intensidad de la vida de hoy. Y apenas me molesta ver esas reflexiones reconvertidas apenas unos días después en alfombra en el camino hacia los andamios o como refugio de la pulcritud del pintor.

Me cuesta mucho más -es pánico, en realidad; pesadilla más que un mal sueño- hallar mis escritos en esas ofertas de grandes almacenes; ventas de libros reunidos en tríos para rebajas que uno no se atreve ni a regalar.

"Llévese tres y pague dos": la derrota del creador.

 

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