Licencia de padre
“Acudo adormilado a esa cita sabática -cada vez más temprana- a la que me conduce el empeño de mi hijo por prosperar en el fútbol, un reto que pone de manifiesto lo alargada que puede llegar a ser la capacidad de desear. Mi implicación me convierte en privilegiado oteador de futuras figuras. A las que hoy tengo la oportunidad de contemplar desde primera fila, en más o menos confortables pabellones, o en fríos escenarios al aire libre, en donde el niño curte más su carácter que su técnica.
Nuestro compromiso -el de mi hijo es el mío- llega a tal punto que hasta asistimos a los partidos en los que ni siquiera ‘podemos’ jugar: mi ‘proyecto’ de futbolista sufre una lesión que le mantiene en el dique seco.
Y así, mientras él contribuye a calentar banquillo, yo me implico, voluntarioso, en animar al equipo con el resto de los padres -a esas horas de madrugada de sábado, la vinculación de las madres con el fútbol suele perder solidez-.
El duelo llega igualado al final. Nuestro dominio no acaba de dar resultados. Hasta que, ya casi fuera de tiempo, el fallo de un buen rival nos ofrece la oportunidad de marcar. Mi espíritu animoso se colma al ver fructificar el esfuerzo del equipo. Pero no se me escapa cómo ese contrincante esconde la cara, bañada en lágrimas, ante la brutal reprimenda de ese padre que juega a técnico.
A mi lado, tan acogotado como yo, el sentido común se viste -paradoja- de padre de futbolista: “Es que para conducir te piden el carnet; pero para ser padre nadie te exige licencia...”.
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