Mariposas en el estómago
Les veo marcharse ya de espaldas, andando juntos, con reparos, con timidez. Como si no conocieran ese mismo terreno que abandonaron hace casi tres meses, envueltos entonces en una algarabía que hoy es apenas rumor. Visten esa cara de sueño que pone de relieve su duermevela –el nuestro- de la noche previa y desembarcan cargados con esas mochilas tan nuevas como su ilusión. No he querido abandonar el placer –que no es pequeño- de acompañarlos al colegio. Gozo que sé que me lo robará el tiempo, como lo ha hecho con el mayor...
Hace días que en casa apenas hay huecos para otro tema que no sea la vuelta al cole: los preparativos de mochilas y libros y ropa y chándals y zapatillas... Lo que ha logrado desplazar del primer lugar de la atención a los cromos de la Liga; y al canal de dibujos de la tele; e incluso, al imprescindible disco de los Jonas Brothers. De momento.
“Se me sube el estómago, papá”. Y recupero entonces esa sensación clásica de mis comienzos de curso: de bata y cartera; de pantalón corto y zapatos limpios antes de maltratar al balón; de abrazos y cruces de miradas; de examen al profesor y de silencio en la fila en cuanto sonaba la sirena que anunciaba el estreno del año.
Y esos días previos de ajetreo y protocolo clásico: de compra de libros y de kilómetros de plástico que mi madre manejaba con asombrosas agilidad, mezclando el forro con el celo y las tijeras. Y las etiquetas en las que dejaba el sello de su letra impecable. De la que yo me sentía orgulloso.
En la antesala de mi primer día, el beso a mi madre y una sensación: “Mamá, no sé qué me pasa en la tripa...”.
Como millones de hijos. Es lo que tiene la vuelta al colegio: el atasco y las mariposas en el estómago.
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