Abuelas
Abuelas. Hadas de sonrisa eterna. Refugio del capricho de niñez, siempre dulce, y escudo ante las riñas maternales. Abuelas de sabios remedios, de historias familiares con ribetes novelados. Bastones de abuelos admirables. Yayas casadas con el primer recuerdo de infancia, que tiene el sabor del olor de la violeta, esencia guardada en un bote -en un cofre- con forma de caramelo. Besos cómplices en esos domingos que doblan su fiesta con la visita de los ‘abus’ y saben a tardes de piruleta y regaliz y hacen soñar bajo el embrujo de aquella moneda de valor corto e ilusión larga. Abuelas. Robles que el tiempo va ajando, desgastando. Pilares que sin pedir piden andamios sobre los que sostener su orgullo. Y que cada vez más se sostienen sobre el cariño que ellas dieron primero. Madres de madres y padres contentas de cumplir su papel de malcriar a los hijos de sus hijos. Escultoras del antojo, diseñadoras de la disculpa. Tuve la suerte de disfrutarlas. Y desde mi lejanía, las vi apagarse, como velas consumidas por el tiempo; y me sentí orgulloso de ver cómo su cariño, entregado a lo largo de años, rebotaba en ellas, gracias al espejo creado por mi familia. Desgastadas, mayores, las dos se han ido en unos meses. A cantarle nanas al Niño Jesús
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