Blogia
Miguel Vitoria

Autoestima

El retorno es el destino de quien se marcha. Y vuelvo de las vacaciones descansado, con la mente despejada, pero, sobre todo, reconfortado en mi autoestima.

Como miles de españoles, he mirado con desprecio a la claustrofobia para hacerme un hueco en una de esas playas tradicionales de cierto sabor rancio y olor a naftalina.

Allí, sin ni siquiera el escudo protector de una sombrilla, hube de luchar contra el sol y la sal, contra la crema, la arena y hasta las olas. Envuelto como había estado en la ocupación previa de limar mis carnes -que, como la gran mayoría, no logré-, llegaba a la parrilla del mar con una indefinida percepción de ser escrutado -y juzgado y condenado- por quienes se alineaban conmigo.

Examen al que, aliviado, comprobé que no siquiera había de presentarme, ante la clara percepción -personal y general- de que, a pesar de los excesos, uno entra en los parámetros del respeto -y, con un traje de baño adecentado, de la elegancia-.

¿Que está bajo el listón? Aún así, me siento reconfortado, se apuntala mi autoestima y -no es nada despreciable- se allanan los obstáculos para acudir a mi cita con las arenas.

Hasta en alguna ocasión fui capaz de untarme de cremas.

0 comentarios