Invisible
El hombre invisible: una cascada de aventuras admirables, refugio de ilusiones de niñez. Rebaño los entresijos de mi memoria y me entretengo en las historias de aquel personaje afectado por un enrevesado accidente químico, que le arrebata parte de la esencia de su materia, la visibilidad.
Invisible. Y ahí me quedaba soñando en mi inocencia, mientras envidiaba la malaventura de aquel desheredado del mundo, de ese desarraigado que se entregaba a la admirable tarea de desactivar el mal.
¿Quién pudiera ser invisible? Tal vez mi subconsciente lo deseaba con tal empeño -resquicios de niñez- que quiso darme esa oportunidad. Por sorpresa. Lo intuí primero en un semáforo, cuando un autobús, empeñado en cruzar sin entretenerse en los colores, casi salta por encima de mi coche detenido ante ese rojo reciente que ya casi nadie respeta.
Y adquirió forma -o la perdió- en carretera: inmerso en la vorágine de la batalla del asfalto, enseguida me di cuenta de mi nueva condición. No existía: fue primero el asalto de ese coche que se acomodaba en mi hueco, tras un apurado adelantamiento -¡no podía verme!-. Casi a la vez, el codazo de un camión del carril de incorporación que me empujaba sin escrúpulos hacia la vía contraria; o la parsimonia de aquel alocado que venía de frente, sin reparar en mí, tras otra maniobra acelerada con vocación kamikaze.
Estoy convencido de que el deseo de dejarme ver de nuevo rompió el hechizo de la invisibilidad: fue un alivio escuchar el bocinazo de reproche al perder una centésima de segundo en ponerme en marcha al abrirse el semáforo.
¿Invisible? Delirios de niñez.
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